Orlando
Orlando —¡Que me ahorquen, Bill (Bill era Shakespeare), si no se viene encima una gran ola y tú estás en la cresta! —lo que significaba, explicó Greene, que estaban temblando en el borde de una gran era de las letras inglesas, y que Shakespeare serÃa un escritor de cierta importancia. Por suerte para él, lo apuñalaron dos noches después en una pelea de borrachos y se libró de ver el fracaso de su predicción.
—Pobre infeliz —repitió Greene—, decir cosas como ésas. Una gran era, ¡vaya! —¡la Isabelina una gran era!
»Por consiguiente, mi querido Señor —prosiguió, acomodándose en el sillón, y dando vuelta la copa entre los dedos—, no nos queda otro remedio que resignarnos, venerar el pasado y honrar a aquellos escritores —quedan todavÃa unos pocos— que toman por modelo la antigüedad y escriben, no por dinero, sino por ‘Glor’ (Orlando hubiera deseado un mejor acento). La Glor —dijo Greene—, es la espuela de las grandes almas. Si yo tuviera una pensión de trescientas libras al año pagada trimestralmente, me consagrarÃa entero a la Glor. Me quedarÃa hasta el mediodÃa en la cama leyendo a Cicerón. ImitarÃa su estilo tan bien que ya no se sabrÃa cuál es cuál. Eso es lo que yo llamo literatura, eso lo que yo llamo la Glor. Pero es imprescindible para eso la pensión.