Orlando

Orlando

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Ya Orlando había desechado toda esperanza de discutir su obra con el poeta; pero eso ya no le importaba, porque la conversación giraba sobre el carácter y las vidas de Shakespeare, de Ben Jonson y de los otros: todos amigos íntimos de Greene, que estaba en posesión de miles de anécdotas de lo más divertidas. Orlando nunca se había reído tanto en su vida. ¡Ésos habían sido sus dioses! La mitad eran borrachos y todos calaveras. Casi todos reñían con sus mujeres; ninguno era incapaz de una mentira o de un enredo de la clase más vil. Garabateaban sus melodramas en el reverso de las cuentas de la lavandera y hacían pupitre de la cabeza de un aprendiz de imprenta, en la puerta de calle. Así entregaron los originales de Hamlet; así de Otelo; así de Lear. Era natural, decía Greene, que esas tragedias abundaran en faltas. El resto de su tiempo lo gastaban en comilonas de tabernas y en parrandear, diciendo cosas que querían ser ingeniosas, y haciendo otras que infinitamente excedían cualquier orgía de la Corte. Todo esto lo contaba Greene con un entusiasmo que deleitaba a Orlando. Era un actor capaz de resucitar a los muertos, un finísimo crítico de cualquier libro —siempre que lo hubieran escrito hace trescientos años.




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