Orlando
Orlando Pasaba el tiempo, y Orlando sentía por su huésped una curiosa mezcla de simpatía y de desprecio, de admiración y de lástima, así como algo demasiado impreciso para que le demos un nombre, pero que se parecía al temor y a la fascinación. Greene hablaba todo el tiempo de sí mismo, pero era tan ameno su trato que uno podía pasarse la vida escuchando la historia de su fiebre. Y era tan ingenioso; era tan irreverente; se tomaba tales libertades con los nombres de Dios y de la Mujer; sabía tantas mañas y tenía tantos conocimientos raros en la cabeza; era capaz de preparar trescientas ensaladas; sabía todo lo que un hombre puede saber de la mezcla de vinos; tocaba media docena de instrumentos y fue la primera persona, y tal vez la última, que hizo tostadas de queso en la gran chimenea italiana. Que no distinguiera un geranio de un clavel, una encina de un chopo, un mastín de un sabueso, un borrego de una oveja, el trigo de la cebada, la tierra arada de la tierra en reposo; que ignorara la rotación de las siembras; que pensara que las naranjas crecen bajo tierra y los nabos en los árboles; que prefiriera cualquier rincón de Londres al mejor paisaje del campo —todo esto y mucho más azoraba a Orlando, que no había conocido nunca una persona así. Hasta las doncellas, que lo despreciaban, festejaban sus chistes; y los sirvientes, que lo aborrecían, se demoraban para oír el final de sus cuentos. En verdad, la casa nunca había estado tan animada; lo cual dio a Orlando mucho que pensar y le hizo comparar este género de vida con el antiguo. Recordó las discusiones corrientes sobre la apoplejía del Rey de España o la cruza de una perra; recordó cómo el día se repartía entre los establos y el tocador; recordó cómo los Señores se quedaban dormidos sobre las copas y detestaban a quien los despertara. Pensó en la actividad y en el valor de sus cuerpos: en la timidez y la pereza de sus espíritus. Preocupado por estas reflexiones, e incapaz de encontrar el justo término medio, dedujo que había admitido en su casa un espíritu inquieto y demoníaco que nunca lo dejaría dormir en calma.