Orlando
Orlando En ese mismo instante, Nick Greene llegaba a una conclusión del todo opuesta. Haraganeando esa mañana en la cama, sobre los almohadones más mullidos, entre las sábanas más finas, y mirando por el balcón volado un césped que por tres siglos no había conocido un diente de león ni una mala hierba, pensó que si de algún modo no se evadía, perecería sofocado. Cuando oyó, al levantarse, el arrullo de las palomas; cuando oyó, al vestirse, la voz de las fuentes, pensó que si no volvía a escuchar el chirrido pesado de los carros sobre las piedras de Fleet Street, no escribiría jamás otro verso. Si esto dura, pensó, oyendo al lacayo arreglar el fuego y poner la mesa con fuentes de plata en la pieza contigua, me quedaré dormido, y (aquí bostezó prodigiosamente) me moriré dormido.