Orlando
Orlando Buscó a Orlando en su cuarto y le declaró que el silencio no le había dejado pegar los ojos en toda la noche. (La casa, en efecto, estaba circundada por un parque de quince millas y un muro de diez pies de altura). Nada, dijo, era tan perjudicial a sus nervios como el silencio. Esa mañana misma daría término a su visita, con permiso de Orlando. Orlando sintió alivio, pero a la vez un gran desagrado de dejarlo partir. La casa, pensó, iba a quedar muy triste. Al despedirse (porque antes no se había animado a tocar el punto), le puso en las manos su drama «Muerte de Hércules» y le solicitó su opinión. El poeta lo recibió y pronunció entre dientes algo sobre Cicerón y la Glor, que Orlando detuvo con la promesa de abonar trimestralmente la pensión. Greene, con muchas protestas de afecto, saltó al coche y se fue.
El vasto hall nunca había parecido tan vasto, tan espléndido, o tan vacío como al alejarse el carruaje. Orlando supo que nunca se animaría a preparar tostadas de queso en la chimenea italiana. Nunca se le ocurrirían bromas sobre los cuadros italianos; nunca elaboraría un ponche perfecto; perdería mil buenas pullas y chistes divertidos. ¡Pero qué alivio no escuchar esa voz fastidiosa, qué lujo estar solo! Así pensaba Orlando, mientras desataba el mastín que había estado sujeto seis semanas porque no podía ver al poeta sin morderlo.