Orlando
Orlando Esa misma tarde, Nick Greene se apeó en la esquina de Fetter Lane, y encontró las cosas más o menos como las habÃa dejado. En un cuarto, Mrs. Greene daba a luz un niño; en el otro, Tom Fletcher bebÃa ginebra. Los libros estaban desparramados por el suelo; la comida —o como quiera llamársele— estaba servida en un tocador donde los chicos habÃan estado haciendo tortas de barro. He aquÃ, sintió Greene, un ambiente adecuado a la composición literaria; aquà podÃa escribir, y escribió. El tema estaba hecho para él. Un prócer en su casa. Una visita a un noble en el campo —su nuevo poema tendrÃa un tÃtulo por el estilo. Tomando la pluma que servÃa a su hijito para hacer cosquillas en las orejas del gato, y mojándola en la huevera, que hacÃa de tintero, Greene compuso en el acto una sátira animadÃsima. La compuso con una precisión que denunciaba muy claramente la identidad de la noble vÃctima: sus entusiasmos y sus locuras, el preciso tinte de su cabello y ese modo extranjero que tenÃa de pronunciar la erre, eran inconfundibles. Para que no quedara la menor duda, Greene intercaló unos pasajes, apenas disfrazados, de una tragedia aristocrática, la «Muerte de Hércules» que resultó, según sus previsiones, de lo más verbosa y bombástica.