Orlando

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El panfleto, que inmediatamente alcanzó varias ediciones y que pagó los gastos del décimo parto de Mrs. Greene, fue remitido a Orlando por amigos que no descuidan esos buenos oficios. Cuando lo hubo leído —lo que hizo con rígida atención, de la primera palabra a la última— llamó a un lacayo, le alargó el documento con unas pinzas y le ordenó que lo arrojara en el punto más fétido del montón de basuras más hediondo de todo su dominio. Cuando el hombre se iba, lo paró.

—Toma el caballo más veloz del establo —le dijo—, y galopa a rienda suelta hasta Harwich. Ahí te embarcarás en una nave, pronta a hacerse a la vela para Noruega. Me comprarás de las perreras del Rey, los sabuesos más finos de la jauría Real, un macho y una hembra. Me los traerás sin pérdida de tiempo. Porque —añadió en voz baja al volver a sus libros—, he acabado ya con los hombres.

El lacayo, perfectamente al tanto de sus deberes, saludó y desapareció. Cumplió tan bien sus órdenes que a las tres semanas justas estaba de vuelta, con una yunta de sabuesos magníficos. Esa misma noche, bajo la mesa del comedor, la hembra parió ocho hermosos cachorros. Orlando los hizo llevar a su dormitorio.

—Porque —dijo— he acabado ya con los hombres.

Sin embargo, pagó la pensión trimestralmente.


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