Orlando
Orlando Así, a los treinta años más o menos, este joven Señor había experimentado todo cuanto la vida puede ofrecer, y la vanidad de ese todo. La ambición y el amor, los poetas y las mujeres eran igualmente vanos. La literatura era una farsa. La noche que siguió a la lectura de la «Visita a un noble en el campo», hizo una gran conflagración de cincuenta y siete obras poéticas, de la que sólo se salvó «La Encina», que era su ensueño juvenil y muy breve. Sólo dos cosas le quedaban; en ellas puso toda su fe: los perros y la naturaleza; un mastín y un rosal. La variedad del mundo, la complejidad de la vida, se habían reducido a eso. Unos perros y un rosal eran todo. Libre de una vasta montaña de ilusión y muy desnudo, por consiguiente, llamó a sus perros y a grandes pasos recorrió el Parque.
Había estado recluido tanto tiempo, escribiendo y leyendo, que casi había olvidado los agrados de la naturaleza, que en junio pueden ser grandes. Cuando alcanzó la cumbre de aquel cerro que domina (si están claros los días) media Inglaterra, con una lonja de Gales y de Escocia por añadidura se echó bajo la encina favorita y pensó que si lo eximían para siempre de hablar a un hombre o a una mujer, si sus perros no desarrollaban el don de la palabra, si no se le cruzaban un poeta o una Princesa, podría vivir los años que le quedaban tolerablemente feliz.