Orlando
Orlando Y ahí entonces volvió, días tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año. Vio dorarse las hayas, y desrizarse los helechos tiernos; vio la hoz de la luna y después el círculo; vio —pero sin duda el lector puede imaginarse la continuación de este párrafo y cómo cada árbol y cada planta de los alrededores aparecía primero de color verde, luego de color de oro; cómo las lunas nacen y los soles se ponen; cómo la primavera sigue al invierno y el otoño al verano; cómo la noche sucede al día y el día a la noche; cómo hay primero una tormenta y luego buen tiempo; cómo las cosas siguen como están por dos o tres siglos, salvo unos granos más de polvo y algunas telarañas que una vieja puede barrer en media hora; hechos que caben en la breve fórmula: «Pasó el tiempo» (la cifra exacta podría ir entre paréntesis) y no sucedió nada.