Orlando
Orlando Así Orlando daba sus órdenes y despachaba en un santiamén los menesteres de su vasta propiedad; pero en cuanto estaba solo bajo la encina, los segundos se inflaban y se inflaban como si nunca fueran a caer. Iban llenándose, además, de objetos incoherentes. No sólo lo asaltaban problemas que han confundido a los mayores sabios —¿Qué es el amor, qué la amistad, qué la verdad?—, sino que al pensar en ellos, todo su pasado, tan infinitamente largo y tan múltiple, se agolpaba en el segundo pendiente, lo hinchaba de increíble manera, lo teñía de mil colores y lo colmaba con todos los desperdicios del universo.