Orlando

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En tales cavilaciones (o como se les quiera llamar) pasó meses y años de su vida. No sería exagerado decir que salía con treinta años después de almorzar y volvía a cenar con cincuenta y cinco a lo menos. Hubo semanas que le añadieron un siglo, otras no más de tres segundos. En resumen, la tarea de estimar la longitud de la vida humana (no nos atrevemos a hablar de los animales) excede nuestra capacidad, pues en cuanto decimos que dura siglos, nos recuerdan que dura menos que la caída del pétalo de una rosa. De las dos fuerzas que alternativamente, y lo que es más confuso aún, simultáneamente, gobiernan nuestro pobre cerebro —la brevedad y la duración—, una, la divinidad con pies de elefante, mandaba a veces en Orlando; otras veces, la divinidad con alas de mosca. La vida le parecía prodigiosamente larga. Sin embargo, pasaba como un rayo. Pero hasta en las etapas más infinitas, cuando se hinchaban más los instantes y le parecía errar solo, por desiertos de enorme eternidad, el tiempo le faltaba para aplanar y descifrar los turbios pergaminos que treinta años entre los hombres y las mujeres habían enrollado y apretado a su corazón y su cerebro. Aún estaba perplejo con el Amor (la encina había producido sus hojas y las había dispersado en el suelo unas doce veces) cuando la Ambición lo echaba del campo, para ser echada a su vez por la Literatura o por la Amistad. Y como la pregunta inicial no había sido resuelta —¿Qué es el Amor?—, volvía a la primera insinuación, o sin insinuación, y expulsaba los Libros o las Metáforas o los ¿Para qué vive uno? al margen, donde se desplegaban a la espera de una ocasión de intervenir de nuevo. Alargaban el proceso las muchas ilustraciones, no sólo visuales, como la de la vieja Reina Isabel, acostada en el diván de tapicería, vestida de brocado rosa, con una tabaquera de marfil en la mano y una espada con empuñadura de oro al costado, sino olfativas —exhalaba un fuerte perfume— y auditivas: los ciervos, aquel día de invierno, bramaban en Richmond Park. Y así, el pensamiento del amor estaba todo impregnado de invierno y nieve; de fogatas de leña; de mujeres rusas, espadas de oro y ciervos que bramaban; de la baba del viejo Rey Jaime y fuegos de artificio y sacos de tesoro en bodegas de barcos isabelinos. Cuanta idea trataba de extraer de su sitio en la mente, estaba oculta por materias extrañas, como el trozo de vidrio que, después de un año en el fondo del mar, se ha incorporado huesos y libélulas y monedas y trenzas de mujeres ahogadas.


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