Orlando
Orlando Entonces optó por decir que el pasto era verde y el cielo azul, para conciliar de algún modo el austero genio de la poesÃa, que no dejó nunca de reverenciar, siquiera de muy lejos. «El cielo es azul —repetÃa—, el pasto es verde». Levantando los ojos vio que, al contrario, el cielo es como los velos que Mil Madonas han dejado caer de sus cabelleras; y el pasto se apresura y se oscurece como una fuga de muchachas que huyen de sátiros velludos en bosques encantados. «A fe mÃa —dijo (porque habÃa tomado la mala costumbre de hablar en voz alta)—, no veo que una sea más verdad que la otra. Las dos son falsas…». Y desesperó de resolver el problema de la poesÃa y de la verdad y cayó en un hondo abatimiento.
Aprovechemos esa pausa en su soliloquio, para reflexionar en la rareza de ver a Orlando, apoyado con el codo, ese dÃa de junio. Maravillémonos de que ese muchacho magnÃfico, tan sano y bien dotado —sus mejillas y sus miembros asà lo demostraban; un hombre listo a encabezar una carga o a batirse en duelo— fuera de tan letárgico pensamiento, y tan avergonzado de ese letargo, que en cuanto se trataba de poesÃa o de su capacidad poética, se cohibÃa como una niña detrás de la puerta de la choza. En nuestro parecer, la burla que hizo Greene de su tragedia le dolió tanto como la mofa que hizo la Princesa de su amor. Pero volviendo…