Orlando
Orlando Orlando siguió pensando. Siguió mirando el pasto y el cielo, y esforzándose por adivinar lo que dirÃa de esas cosas un poeta de veras, un poeta que publicara en Londres. Mientras tanto la Memoria (cuyas costumbres ya hemos descrito) no dejaba de presentarle la cara de Nicholas Greene, como si aquel hombre sardónico de labio caÃdo, traicionero como era, fuera la Musa en persona, y Orlando tuviera que rendirle homenaje. AsÃ, esa mañana de verano, le ofreció una variedad de frases, unas llanas, otras figuradas, y Nick Greene sacudÃa la cabeza y las desdeñaba y rezongaba algo sobre Cicerón y la Glor y la decadencia contemporánea de la poesÃa. Al fin poniéndose de pie (era invierno y hacÃa mucho frÃo) Orlando hizo uno de los juramentos más importantes de su vida, porque lo ató a la más severa de todas las servidumbres. «Que me abrasen —dijo—, si escribo una palabra más, o trato de escribir una palabra más, para agradar a Nick Greene, o a la Musa. Malo, bueno o mediano, escribiré de hoy en adelante lo que me gusta»; e hizo aquà el ademán de desgarrar un alto de papeles y de tirarlos en la cara de aquel hombre sardónico de labio caÃdo. Entonces, como un cuzco que se agacha cuando lo cascotean, la Memoria arrió la efigie de Nick Greene, y la sustituyó —con nada.