Orlando
Orlando Ahà estaba en el temprano sol de la primavera. ParecÃa un pueblo más que una casa, pero un pueblo construido, no aquà o allá, al azar de caprichos, sino deliberadamente, por un solo arquitecto con una sola idea en la cabeza.
Patios y edificios, grises, rojos, color ciruela, se sucedÃan simétricos y ordenados; habÃa patios alargados y otros cuadrados; en éste habÃa un surtidor, en aquél una estatua; algunos edificios eran bajos, otros agudos; aquà habÃa una capilla, ahà un campanario; entre ellos habÃa espacios de verde césped y grupos de cedros y canteros de flores claras; todo estaba cercado —aunque tan bien dispuesto que parecÃa que cada cosa tenÃa lugar de sobra— por la maciza curva de un muro; mientras el humo de innumerables chimeneas se rizaba en el aire perpetuamente. Esta vasta pero ordenada vivienda, que podÃa albergar mil hombres y tal vez dos mil caballos, fue levantada, pensó Orlando, por obreros de nombres desconocidos. «Aquà vivieron, por más siglos que los que puedo contar, las oscuras generaciones de mi propia familia. Ni uno de esos Ricardos, Juanes, Anas, Isabeles ha dejado un testimonio individual. Pero todos ellos, colaborando con sus palas y sus agujas, sus amores y sus alumbramientos, han dejado esto».
Nunca la casa le habÃa parecido más humana, más noble.