Orlando
Orlando La historia, repetimos, es aburrida, porque un aparador es igual a otro, y un túnel de topo no difiere mucho de un millón. Algunos viajes agradables le ocasionó, y algunas bellas aventuras. Una vez, por ejemplo, hizo que toda una ciudad de mujeres ciegas, cerca de Brujas, tejiera las cortinas para una cama con el dosel de plata. Su aventura con un Moro en Venecia al que compró (pero sólo a punta de espada) su escritorio de laca, valdría la pena de que la contara otra pluma. Al trabajo no le faltaba variedad; pues ahí venían, arrastrados por yuntas desde Sussex, grandes troncos, que serían aserrados a lo largo y destinados a pisos de las galerías; y después un cofre de Persia, relleno de aserrín y de lana, del que Orlando, al fin, sacaría una sola fuente, o un anillo de topacio.