Orlando

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«Cincuenta pares de frazadas de España; ídem de cortinas de Pekín blanco y carmesí, con franja de raso blanco bordada de seda blanca y carmesí… Setenta sillas tapizadas de raso amarillo y sesenta taburetes, haciendo juego con sus fundas almidonadas.

Sesenta y siete mesas de nogal.

Diecisiete docenas de cajones, conteniendo cada docena cinco docenas de vasos de Venecia.

Ciento dos esteras, de treinta yardas de largo cada una.

Noventa y siete cojines de damasco carmesí con encaje fino plateado y taburetes de tisú y sillas iguales.

Cincuenta candelabros de plata de doce luces cada uno».

—Ya —es el efecto más común de estas listas— estamos bostezando. Si nos detenemos, es tan sólo porque el catálogo es cansador, no porque se haya concluido. Hay noventa y nueve páginas más y el total suma muchos miles —es decir millones de nuestra moneda. Y si así gastaba sus días, las noches las dedicaba Lord Orlando a computar el gasto preciso de arrasar un millón de túneles de topo, pagando a cada obrero diez peniques por hora; o cuántas toneladas de clavos a cinco peniques y medio el cuarto cuartillo eran necesarias, para reparar minuciosamente el cerco del parque, que tenía quince millas de circunferencia, etc., etc.


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