Orlando
Orlando Al toallero, en el dormitorio del Rey (y ése fue el Rey Jaimito, Señor, observó, insinuando que hacía muchos años que un rey no dormía bajo su techo; pero el odioso tiempo del Parlamento ya había pasado y ahora teníamos de nuevo una Corona en Inglaterra), le faltaba una pata; no había soportes para las jarras en el cuartito del paje de la Duquesa; la horrible pipa de Mr. Greene había dejado una mancha en la alfombra, que ella y Judy, aunque se habían matado refregando, nunca habían podido sacar. Lo cierto es que al computar el gasto de alhajar con sillas de palo de rosa, escritorios de cedro, palanganas de plata, fuentes de porcelana, y alfombras persas, cada uno de los trescientos sesenta y cinco dormitorios que contaba la casa, vio que no sería poca cosa; y que los escasos miles de libras que le sobraban, apenas bastarían para tapizar algunas galerías, amueblar el salón de fiestas con sillas esculpidas y proveer de espejos de plata maciza y sillas del mismo metal (que le inspiraba exagerada pasión) a los dormitorios reales.
Se puso a trabajar seriamente, como lo demuestran con claridad sus libros. Echemos un vistazo al inventario de lo que adquirió en ese tiempo, con los precios anotados al margen —éstos los omitiremos.