Una habitacion propia

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Tanta «I» empezaba a cansar. Cierto que esta «I» era una «I» muy respetable; honrada y lógica; dura como una nuez y pulida por siglos de buenas enseñanzas y buena alimentación. Respeto y admiro esta «I» desde lo más hondo del corazón. Pero —aquí volví una página o dos, en busca de algo— lo malo es que cuanto se halla a la sombra de la letra «I» carece de forma, como la bruma. ¿Es aquello un árbol? No, es una mujer. Pero… no tiene ni un hueso en todo el cuerpo, pensé mirando cómo Phoebe, pues así se llamaba, cruzaba la playa. Entonces Alan se levantó y la sombra de Alan aniquiló a Phoebe. Porque Alan tenía puntos de vista y Phoebe se apagaba bajo el torrente de sus opiniones. Y Alan, pensé, también tiene pasiones; y me puse a volver las páginas muy de prisa, sintiendo que la crisis se estaba acercando, y así era. Tuvo lugar en la playa bajo el sol. Fue hecho muy abiertamente. Fue hecho muy vigorosamente. Nada hubiera podido ser más indecente. Pero… Había dicho «pero» demasiadas veces. Uno no puede seguir diciendo «pero». Tiene que terminar la frase de algún modo, me reproché a mí misma. La terminaré con: «Pero… ¡me aburro!». Pero ¿por qué me aburría? A causa, en parte, de la predominancia de la letra «I» y de la aridez a la que, como el haya gigantesca, condena la tierra que su sombra cubre. Allí nada puede crecer. Y en parte por otro motivo más oscuro. Parecía haber algún obstáculo, algún impedimento en la mente de Mr. A que obstruía la fuente de la energía creadora y la hacía correr por un estrecho cauce. Y recordando a la vez aquel almuerzo en Oxbridge, y la ceniza del cigarrillo, y el gato sin cola, y a Tennyson y a Christina Rossetti, me pareció posible que allí estuviera el obstáculo. Puesto que Alan ya no murmura: «Ha caído una espléndida lágrima de la pasionaria que crece junto a la verja», cuando Phoebe cruza la playa y ella ya no contesta: «Mi corazón es como un pájaro que canta cuyo nido se halla en un brote rociado» cuando Alan se acerca, ¿qué puede él hacer? Siendo honrado como el día y lógico como el sol, no puede hacer más que una cosa. Y esto lo hace, reconozcámoslo, una y otra vez (dije volviendo las páginas), y otra, y otra. Y esto, añadí, dándome cuenta del carácter terrible de la confesión, resulta un tanto aburrido. La indecencia de Shakespeare extirpa de la mente otras mil cosas y dista de ser aburrida. Pero Shakespeare lo hace por placer; Mr. A, como dicen las enfermeras, lo hace a propósito. Lo hace en señal de protesta. Protesta contra la igualdad del otro sexo afirmando su propia superioridad. Lo que quiere decir que se siente frenado, inhibido e inseguro de sí mismo, como quizá se hubiera sentido Shakespeare si también hubiera conocido a Miss Clough y Miss Davies. No cabe duda de que la literatura isabelina hubiera sido muy distinta si el movimiento feminista hubiese empezado en el siglo dieciséis y no en el siglo diecinueve.


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