Una habitacion propia
Una habitacion propia Tomé un libro al azar. Se encontraba al final del estante, se llamaba La aventura de la vida o algo por el estilo, estaba escrito por Mary Carmichael y habÃa salido este mismo mes de octubre. Parece ser su primer libro, me dije, pero debe leerse como si fuera el último volumen de una serie bastante larga, la continuación de todos los demás libros que habÃa hojeado: los poemas de Lady Winchilsea, las obras teatrales de Aphra Behn y las novelas de las cuatro grandes novelistas. Porque los libros se siguen los unos a los otros, pese a nuestra costumbre de juzgarlos separadamente. Y también debo considerarla a ella —esta mujer desconocida— como la descendiente de todas estas mujeres sobre cuya vida he echado una breve ojeada y ver cuáles de sus caracterÃsticas y de las restricciones que les fueron impuestas ha heredado. AsÃ, pues, con un suspiro, porque tan a menudo las novelas constituyen un anodino más bien que un antÃdoto y nos hacen caer poco a poco en su sueño letárgico en lugar de excitarnos como una tea encendida, me dispuse, provista de lápiz y cuaderno, a juzgar la primera novela de Mary Carmichael, La aventura de la vida. Para empezar, recorrà rápidamente la página de arriba abajo con la mirada. Voy a familiarizarme primero con el ritmo de su frase, dije, antes de cargarme la memoria de ojos azules y marrones y de la relación que une a Chloe y Roger. Ya me quedará tiempo para esto cuando haya decidido si la autora tiene en la mano una pluma o un zapapico. Leà en voz alta una o dos frases. Pronto me di cuenta de que algo fallaba. El suave deslizarse de una frase tras otra se interrumpÃa. Algo se rasgaba, algo arañaba; alguna palabra aislada encendÃa su antorcha ante mis ojos. La autora «se soltaba», como dicen en las viejas comedias. Parece una persona que frota una cerilla que no quiere encenderse, pensé. Pero ¿por qué no tienen las frases de Jane Austen la forma adecuada para ti?, le pregunté como si hubiera estado presente. ¿Deben suprimirse todas porque Emma y Mr. Woodhouse están muertos? Lástima que asà sea, suspiré. Pues asà como Jane Austen boga de melodÃa en melodÃa como Mozart de canción en canción, leer esta escritura era como hallarse en la mar en una barca descubierta. Ahora subÃamos, ahora nos hundÃamos. Esta concisión, esta brevedad, quizás indicaban que la autora estaba asustada de algo; asustada de que la llamaran sentimental, quizás; o quizá se acuerda de que el estilo femenino ha sido tachado de florido y añade espinas superfluas; pero hasta que no haya leÃdo una escena con cuidado no podré estar segura de si es ella misma o trata de ser otra persona. En todo caso, no debilita la vitalidad del lector, pensé leyendo más atentamente. Pero acumula demasiados hechos. No podrá utilizar ni la mitad en un libro de este tamaño. (VenÃa a ser la mitad de Jane Eyre). No obstante, se las arregló para embarcarnos a todos —Roger, Chloe, Tony y Mr. Bigham— en una canoa que subÃa el rÃo. Espera un momento, dije reclinándome en la silla, debo considerar la cosa con más cuidado antes de proseguir.