Una habitacion propia

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Estoy casi segura de que Mary Carmichael nos está haciendo una jugarreta. Porque siento lo que se siente en las montañas rusas cuando el vagón, en lugar de caer como se espera, de pronto gira y sube. Mary nos está descomponiendo la serie de efectos esperada. Primero rompió la frase; ahora ha roto la secuencia. Muy bien, está en su pleno derecho de hacer ambas cosas, mientras no las haga con la mera intención de romper, sino con la de crear. De cuál se trata no voy a estar segura hasta que no se haya enfrentado con una situación. La dejaré del todo libre de escoger esta situación, dije; la puede fabricar con latas de conservas o viejos calderos, si quiere; pero debe convencerme de que cree que es una situación; y luego, cuando la haya fabricado, debe enfrentarse con ella. Debe dar el salto. Y, decidida a cumplir para con ella con mi deber de lectora si ella cumplía para conmigo con su deber de escritora, volví la página y leí… Siento interrumpirme de modo tan abrupto. ¿No hay ningún hombre presente? ¿Me prometéis que detrás de aquella cortina roja no se esconde la silueta de Sir Chartres Biron? ¿Me aseguráis que somos todas mujeres? Entonces, puedo deciros que las palabras que a continuación leí eran exactamente éstas: «A Chloe le gustaba Olivia…». No os sobresaltéis. No os ruboricéis. Admitamos en la intimidad de nuestra propia sociedad que estas cosas ocurren a veces. A veces a las mujeres les gustan las mujeres.


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