Una habitacion propia

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Pero, ay de mí, había hecho lo que estaba decidida a no hacer: había caído sin pensar en la alabanza de mi propio sexo. «Altamente desarrollados, infinitamente complejos» eran, innegablemente, términos de alabanza, y el alabar al propio sexo es siempre sospechoso y a menudo tonto; además, en este caso, ¿cómo justificarlo? No podía coger un mapa y decir que Colón había descubierto América y que Colón era una mujer; o tomar una manzana y decir que Newton había descubierto las leyes de la gravitación y que Newton era una mujer; o mirar el cielo y decir que pasaban unos aviones y que los aviones habían sido inventados por una mujer. No hay ninguna marca en la pared que mida la altura exacta de las mujeres. No hay medidas con yardas limpiamente divididas en pulgadas que permitan medir las cualidades de una buena madre o la devoción de una hija, la fidelidad de una hermana o la eficiencia de un ama de casa. Son pocas, incluso hoy día, las mujeres que han sido valoradas en las universidades; apenas se han sometido a las grandes pruebas de las profesiones libres, del Ejército, de la Marina, del comercio, de la política y de la diplomacia. Siguen, todavía hoy día, casi sin clasificar. Pero si quiero saber cuánto puede decirme un ser humano sobre Sir Hawley Butts, por ejemplo, no tengo más que abrir los almanaques de Burke o Debrett y sabré que se graduó en tal y cual especialidad, posee una propiedad, tiene un heredero, fue secretario de una junta, representó a la Gran Bretaña en el Canadá y que se le han otorgado un cierto número de títulos, cargos, medallas y otras distinciones que imprimen en él de modo indeleble sus méritos. Sólo la Providencia puede saber más cosas sobre Sir Hawley Butts.


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