Una habitacion propia
Una habitacion propia Por tanto, cuando digo «altamente desarrollados», «infinitamente complejos» refiriéndome a las mujeres, no puedo comprobar la exactitud de mis palabras en los almanaques de Whitaker o Debrett o el Almanaque de la Universidad. ¿Qué hacer en tal situación? Y miré de nuevo los estantes. Había las biografías: Johnson, Goethe, Carlyle, Sterne, Cowper, Shelley, Voltaire, Browning y muchos más. Y me puse a pensar en todos aquellos grandes hombres que, por un motivo u otro, han admirado, suspirado por, vivido con, hecho confidencias a, hecho el amor a, escrito sobre, confiado en y dado muestras de lo que sólo puede describirse como cierta necesidad y dependencia de algunas personas del sexo opuesto. Que todas estas relaciones fueran estrictamente platónicas no me atrevería a afirmarlo y Sir William Joynson Hicks probablemente lo negaría. Pero cometeríamos una injusticia muy grande hacia estos hombres ilustres insistiendo en que cuanto sacaron de estas alianzas fue consuelo, halago y placer físico. Lo que sacaron, es evidente, es algo que su propio sexo no podía darles; y quizá no fuera precipitado definirlo con más precisión, absteniéndonos de citar las palabras sin duda ditirámbicas de los poetas, como cierto estímulo, cierta renovación del poder creador que sólo el sexo opuesto tiene el don de proporcionar. El hombre abría la puerta del salón o del cuarto de los niños, pensé, y encontraba a la mujer rodeada de sus hijos quizás, o con un bordado en las manos, centro en todo caso de un orden y un sistema de vida diferentes, y el contraste entre este mundo y el suyo, que quizás era los tribunales o la Cámara de los Comunes, inmediatamente refrescaba su mente y le daba nuevo vigor; y sin duda se manifestaba, como es natural, aun en la charla más sencilla, tal diferencia de opiniones, que las ideas que en él se habían secado eran de nuevo fertilizadas y el verla a ella crear en un ambiente diferente del suyo debía vivificar de tal modo su poder creador que insensiblemente su mente estéril empezaba de nuevo a discurrir y encontraba la frase o la escena que le faltaba al ponerse el sombrero para ir a visitarla. Cada Johnson tiene su Mrs. Thrale y se aferra a ella por motivos de esta clase y cuando la Thrale se casa con su profesor de música italiano, Johnson se vuelve loco de rabia e indignación, no sólo porque echará de menos sus agradables veladas en Streatham, sino porque será como si la luz de su vida «se hubiera apagado».