Una habitacion propia

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Sin embargo, iba siendo hora de que volviera a posar mis ojos en el libro. Más valdría, en lugar de especular sobre lo que Mary Carmichael podría y debería escribir, ver qué escribía de hecho Mary Carmichael. Así es que me puse de nuevo a leer. Recordé que tenía algunos reproches que hacerle. Había quebrado la frase de Jane Austen, negándome así la oportunidad de jactarme de mi gusto impecable, de mi oído crítico. Porque de nada servía decir: «Sí, sí, todo esto es muy bonito; pero Jane Austen escribió mejor que tú», cuando tenía que admitir que no había entre ellas el menor punto de semejanza. Luego, Mary Carmichael había ido más lejos y habría quebrado la secuencia, el orden esperado. Quizá lo había hecho inconscientemente, limitándose a dar a las cosas su orden natural, como lo haría una mujer si escribiera como una mujer. Pero el efecto era un tanto desconcertante; no se podía ver cómo se acumulaba la ola, cómo aparecía la crisis a la vuelta de la esquina. No podía, pues, jactarme de la profundidad de mis sentimientos ni de mi hondo conocimiento del corazón humano. Porque cada vez que estaba a punto de sentir las cosas usuales en los lugares usuales, acerca del amor, de la muerte, la fastidiosa mujer tiraba de mí, como si el punto importante hubiera estado justo un poquito más lejos. Y así no me dejó desplegar mis frases sonoras sobre «sentimientos elementales», «la tela de que estamos hechos», «las profundidades del corazón humano» y todas aquellas otras expresiones que apoyan nuestra creencia de que, por muy ingeniosos que seamos por encima, por debajo somos muy serios, muy profundos y muy humanos. Me hizo sentir, al contrario, que en lugar de serios, profundos y humanos, quizá seamos, simplemente —y este pensamiento era mucho menos seductor— mentalmente perezosos y por añadidura convencionales.


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