Una habitacion propia

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Y todas estas vidas infinitamente oscuras todavía están por contar, dije dirigiéndome a Mary Carmichael como si hubiera estado allí; y seguí andando por las calles de Londres sintiendo en imaginación la presión del mutismo, la acumulación de vidas sin contar: la de las mujeres paradas en las esquinas, con los brazos en jarras y los anillos hundidos en sus dedos hinchados de grasa, hablando con gesticulaciones parecidas al ritmo de las palabras de Shakespeare, la de las violeteras, la de las vendedoras de cerillas, la de las viejas brujas estacionadas bajo los portales, o la de las muchachas que andan a la deriva y cuyo rostro señala, como oleadas de sol y nube, la cercanía de hombres y mujeres y las luces vacilantes de los escaparates. Todo esto lo tendrás que explorar, le dije a Mary Carmichael, asiendo con fuerza tu antorcha. Por encima de todo, debes iluminar tu propia alma, sus profundidades y frivolidades, sus vanidades y generosidades, y decir lo que significa para ti tu belleza y tu fealdad, y cuál es tu relación con el mundo siempre cambiante y rodante de los guantes, y los zapatos, y los chismes que se balancean hacia arriba y hacia abajo entre tenues perfumes que se evaden de botellas de boticario y descienden por entre arcos de tela para vestidos hasta un suelo de mármol fingido. Porque en imaginación había entrado en una tienda; estaba pavimentada de negro y blanco; colgaban en ella, con un efecto de sorprendente belleza, cintas de colores. Mary Carmichael podría echar un vistazo a esta tienda al pasar, porque era un espectáculo que se prestaba a la descripción tanto como una cumbre nevada o una garganta rocosa de los Andes. Y hay una muchacha detrás del mostrador; me gustaría más leer su historia verdadera que la centésima quincuagésima vida de Napoleón o el septuagésimo estudio sobre Keats y su uso de la inversión miltoniana que el viejo Profesor Z y sus colegas están escribiendo en este momento. Y luego procedí con cautela, de puntillas (tan cobarde soy, tanto miedo tengo del látigo que una vez casi azotó también mis hombros), a murmurar que también debería aprender a reírse, sin amargura, de las vanidades —digamos más bien peculiaridades, es palabra menos ofensiva— del otro sexo. Porque todos tenemos detrás de la cabeza un punto del tamaño de un chelín que nosotros mismos no podemos ver. Es uno de los favores que un sexo podría hacerle al otro: el describir este punto del tamaño de un chelín que todos tenemos detrás de la cabeza. Pensad qué útiles les han sido a las mujeres los comentarios de Juvenal, las críticas de Strindberg. ¡Recordad con cuánta caridad y brillantez, desde los tiempos más antiguos, los hombres les han indicado a las mujeres este punto oscuro que tienen detrás de la cabeza! Y si Mary fuera muy valiente y muy honrada se colocaría detrás del otro sexo y nos diría qué ve allí. No se podrá pintar un auténtico retrato de conjunto del hombre hasta que una mujer no haya descrito este punto del tamaño de un chelín. Mr. Woodhouse y Mr. Casaubon son puntos de este tamaño y tipo. No quiero decir, naturalmente, que nadie en sus cinco sentidos le aconsejase nunca a Mary que se dedicase a burlarse o a ridiculizar, la literatura muestra la futilidad de cuanto se ha escrito con este espíritu. Di la verdad, podríamos sugerirle, y el resultado será forzosamente de un interés sorprendente. Forzosamente se enriquecerá la comedia. Forzosamente se descubrirán nuevos hechos.


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