Una habitacion propia
Una habitacion propia Sin embargo, la mayorÃa de las mujeres no son ni prostitutas ni cortesanas; ni se pasan las tardes de verano acariciando perritos falderos sobre terciopelos polvorientos. Pero ¿qué hacen entonces? Y apareció ante los ojos de mi mente una de estas largas calles de algún lugar al sur del rÃo, cuyas infinitas hileras de casas contienen una población innumerable. Con los ojos de la imaginación vi a una dama muy anciana cruzando la calle del brazo de una mujer de media edad, su hija quizás, ambas tan respetablemente embotadas y cubiertas de pieles que cada tarde el vestirse debÃa de ser un ritual y sin duda guardaban los trajes en alcanfor año tras año en los armarios durante los meses de verano. Cruzan la calle cuando se encienden las lámparas (porque el atardecer es su hora favorita), como sin duda han venido haciendo año tras año. La más anciana raya en los ochenta; pero si alguien le preguntara qué ha significado su vida para ella dirÃa que recuerda las calles iluminadas para celebrar la batalla de Balaclava, o que oyó los cañonazos disparados en Hyde Park con motivo del nacimiento del rey Eduardo II. Y si alguien le preguntara, ansioso de precisar el momento con fecha y estación: «Pero ¿qué hacÃa usted el 5 de abril de 1868 o el 2 de noviembre de 1875?», pondrÃa una expresión vaga y dirÃa que no se acuerda de nada. Porque todas las cenas están cocinadas, todos los platos y tazas lavados; los niños han sido enviados a la escuela y se han abierto camino en el mundo. Nada queda de todo ello. Todo se ha desvanecido. Ni las biografÃas ni los libros de Historia lo mencionan. Y las novelas, sin proponérselo, mienten.