Una habitacion propia
Una habitacion propia Todo esto estaba muy bien. Pero ni la abundancia de sus sensaciones, ni la delicadeza de su percepción le valdrían para nada si no sabía construir con lo pasajero y lo personal el edificio duradero que permanece en pie. Yo había dicho que esperaría hasta que se enfrentase con «una situación». Entendía por ahí hasta que me demostrase, llamándome, haciéndome señas y reuniéndose conmigo, que no era una mera rozadora de superficies, sino que había mirado debajo, en las profundidades. Ha llegado la hora, se diría a sí misma en cierto momento, de mostrar sin hacer nada violento el significado de todo esto. Y empezaría —¡qué inconfundible es esta aceleración!— a llamar y hacer señas, y se despertarían en nuestra memoria cosas medio olvidadas, quizá del todo triviales, aparecidas en otros capítulos y dejadas de lado. Y haría sentir la presencia de estas cosas mientras alguien cosía o fumaba una pipa con la mayor naturalidad posible y a uno le parecería, a medida que ella iba escribiendo, como si hubiera ascendido a la cumbre del mundo y lo viera extendido, muy majestuosamente, a sus pies.