Una habitacion propia

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En todo caso lo estaba intentando. Y mientras la miraba preparándose para la prueba, vi, pero esperé que ella no viera, a los obispos y los deanes, a los doctores y los profesores, a los patriarcas y los pedagogos gritándole todos advertencias y consejos. ¡No puedes hacer esto y no debes hacer aquello! ¡Sólo los «fellows» y los «scholars» pueden pisar la hierba! ¡No se admite a las señoras sin una carta de presentación! ¡Gráciles doncellas aspirantes a novelistas, por aquí! Así le gritaban, como la muchedumbre agolpada ante una valla en una carrera de caballos, y su éxito dependía de que saltara la valla sin mirar a la derecha o a la izquierda. Si te paras para maldecir estás perdida, le dije; lo mismo si te paras para reír. Titubea o da un traspié y será el fin. Piensa en el salto, le imploré, como si hubiera apostado en ella todo mi dinero; y salvó el obstáculo como una gacela. Pero había otra valla después de ésta, y después otra. De si tendría la resistencia suficiente no estaba yo muy segura, pues las palmadas y los gritos ponían los nervios de punta. Pero hizo lo que pudo. Teniendo en cuenta que Mary Carmichael no era un genio, sino una muchacha desconocida que escribía su primera novela en su salita-dormitorio, sin bastante cantidad de estas cosas deseables, tiempo, dinero y ocio, no salía mal de la prueba, pensé.



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