Una habitacion propia
Una habitacion propia Démosle otros cien años, concluí, leyendo el último capítulo —narices y hombros descubiertos se dibujaban desnudos contra un cielo estrellado, pues alguien había descorrido a medias las cortinas del salón—, démosle una habitación propia y quinientas libras al año, dejémosle decir lo que quiera y omitir la mitad de lo que ahora pone en su libro y el día menos pensado escribirá un libro mejor. Será una poetisa, dije, poniendo La aventura de la vida, de Mary Carmichael, al final del estante, dentro de otros cien años.