Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo La abuela Liu levantó la cabeza, entornó los ojos y, señalando uno por uno los caracteres de la inscripción, dijo como si deletreara:
—«Espléndido… Salón… del Emperador… de Jade».
Todos rieron y aplaudieron la ocurrencia. Y hubieran continuado tomándole el pelo si no lo hubiera impedido el estómago de la abuela, que súbitamente empezó a rugir. Enseguida pidió papel a una de las doncellas más jóvenes y se dispuso a bajarse el pantalón.
—¡No, no! ¡Aquí no! —gritaron todos con grandes aspavientos.
Y se ordenó a una vieja ama que la llevase a la esquina nordeste. Después de indicarle el camino, la vieja criada aprovechó para irse a descansar un poco. Y es que el vino amarillo no le había sentado bien a la abuela Liu, y tanta comida y tan grasienta le había producido una sed que aplacó con ingentes cantidades de té, todo lo cual, mezclado, había contribuido a descomponerle el estómago. Así, pasó un buen rato acuclillada en el retrete. Cuando por fin se incorporó, el vino se le había subido a la cabeza y, como ya era de edad avanzada, tanto tiempo en cuclillas le había producido tal mareo que ahora no recordaba el camino de regreso.