Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo —¡Te sienta bien el rango de cuñada mayor! —le replicó Xifeng—. Se supone que tú eres la encargada de los estudios de estas muchachas, y de inculcarles buenos modales y enseñarles labores del hogar. Si se comportan mal, a ti te toca corregirlas. Ahora han organizado esta academia de poesÃa, que sin duda no resulta muy costosa, pero tú te niegas a asumir la responsabilidad. Por cierto, que es justo que la Anciana Dama y la dama Wang reciban mensualmente el doble que nosotras, pues ostentan tÃtulo y rango; pero como ellas siguen compadeciéndose de ti, de la pobre viuda sin sostén, te han asignado mensualmente una cantidad adicional por tu hijo, de manera que recibes tanto como ellas. Y por si fuera poco, te han dado la mejor tierra en el jardÃn por la cual recibes un arrendamiento; y más todavÃa, puesto que también recibes la mayor cantidad en el reparto de las bonificaciones anuales. En tu casa no llegáis a diez personas, incluidos los sirvientes, y tu ropa y alimentación corren a cuenta del fondo común, de modo que tus ingresos pueden alcanzar cuatrocientos o quinientos taeles anuales. ¿Por qué no destinas entonces cien o doscientos para mantener entretenidas a estas muchachas? Al fin y al cabo, esa academia no durará toda la vida y no serás tú quien tenga que suministrar sus dotes a las muchachas cuando se casen. El caso es que, con el pánico que te produce la sola idea de gastar un centavo, las has traÃdo a importunarme. Conste que no me faltan ganas de ignorar completamente tu sugerencia, y acudir allà sólo para comerme todo lo que tengáis.