Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo No era mucho mayor que ellos, pero su educación y su encanto encandilaban a todos, y todos la tenían en su consideración por encima de Daiyu. Claro está que a los ojos del mundo no hay nadie que no tenga algún encanto; en este caso, una era adorable como una flor y la otra tenía la gracia de un sauce; cada una era encantadora a su manera, de acuerdo con su particular temperamento. Pero la generosidad, el tacto y la buena disposición de Baochai contrastaban con la displicente reserva que mantenía Daiyu, de manera que sus virtudes acabaron ganando el corazón de sus inferiores, y casi todas las doncellas gustaban de platicar con ella. Todo esto empezó a despertar los celos de Daiyu, aunque Baochai ni siquiera llegara a sospecharlo.
Por su parte, Baoyu era todavía un niño insensato y testarudo que trataba por igual a hermanos, hermanas y primos, y no hacía distinción entre parientes cercanos y lejanos. Pero como él y Daiyu compartían las habitaciones de la Anciana Dama, la relación con la muchacha era más estrecha que con los demás parientes; y de tan estrecha se volvió íntima, aunque precisamente por eso a veces él llegara a ofenderla con su desconsideración y sus exigencias.
Un día que habían reñido y Daiyu lloraba una vez más en la soledad de su alcoba, entró Baoyu arrepentido de su falta de tacto para intentar reconciliarse con su prima. Y tan bien lo hizo que poco a poco consiguió levantarle el ánimo.