Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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—¿Con qué planta han sido trenzados? —preguntó—. Por una vez la capa no te hace parecer un puercoespín.

—Son regalos del príncipe de Pekín. Él mismo usa un juego similar. Si te gusta puedo conseguirte uno. La mejor prenda es el sombrero, que se puede ajustar; la corona puede ser separada, de modo que hombres y mujeres pueden usarlo por igual para la nieve. Te conseguiré uno cuando nieve este invierno.

—No, gracias —dijo Daiyu riendo—. Con uno igual parecería la esposa de ese pescador que aparece en todos los cuadros y óperas.

No bien hubo pronunciado aquellas palabras cuando se percató con zozobra de que acababa de saludar a Baoyu como a un pescador. Se turbó avergonzada y se inclinó hacia delante, sobre la mesa, tosiendo interminablemente. Pero Baoyu no pareció haber advertido nada. Al descubrir el poema sobre la mesa lo cogió, lo leyó entero y lanzó un involuntario suspiro de admiración. Al oírlo, Daiyu le arrancó el papel de las manos y lo quemó sosteniéndolo sobre la lámpara.

—¡Demasiado tarde! Ya lo he aprendido de memoria —dijo él jubilosamente.

—Ya me siento mejor. Gracias por venir a verme tan a menudo, incluso lloviendo como hoy —dijo ella—. Ahora ya se ha hecho tarde y me gustaría dormir. Por favor, vete. Vuelve mañana.


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