Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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—Según eso, lo que no quieres es invitarnos de verdad, prima —se rió Baoqin—. De lo contrario no pondrías las cosas tan difíciles. Claro que, de intentarlo, podría ser resuelto el problema utilizando como versos los del Libro de las Mutaciones[4]. Pero, a fin de cuentas, ¿qué interés podría tener? ¿Sabéis? Cuando cumplí ocho años mi padre me llevó a las costas del mar occidental a comprar objetos de ultramar; allí vimos a una muchacha de la tierra de Zhenzhen[5] que acababa de cumplir quince años. Su rostro se parecía al de esas bellezas de las pinturas occidentales. Tenía trenzado el largo cabello y lucía en él piedras preciosas: coral, ámbar, ojos de gato y verdes-abuela[6]. Colgaba de su cuello una cadenita de oro y vestía una chaqueta de brocado extranjero. Llevaba una espada japonesa con incrustaciones de oro y gemas preciosas. Era más adorable que las bellezas de los cuadros. Se decía que era versada en los clásicos, y que podía glosar los Cinco Libros Canónicos y componer poemas. El caso es que mi padre pidió, a través de un intérprete, leer uno de sus poemas, manuscrito.

Todos quedaron maravillados con aquella historia.

—¡Déjame ver ese poema, prima! —suplicó Baoyu inmediatamente.

—Lo dejé en Nanjing —repuso Baoqin—. ¿Cómo quieres que vaya a buscarlo?


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