Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Al oÃr aquello, la decepción hizo suspirar a Baoyu, que dijo:
—Lástima que nos esté vedada la fortuna de leerlo.
—No intentes engañarnos —se rió Daiyu tirándole de la manga a Baoqin—. Sé que nunca dejarÃas semejante texto en casa. Lo llevarÃas contigo allá donde fueras, y ahora mientes diciendo que no lo has traÃdo. Tal vez ellos crean tus historias, pero yo no.
Baoqin sonrió turbada y, silenciosamente, agachó la cabeza.
—Sólo tú podÃas descubrir la verdad —intervino Baochai dirigiéndose a Daiyu—. No se te puede engañar.
—Si lo has traÃdo, concédenos el placer de verlo —insistió Daiyu.
—Hay montañas de cajas y canastas que aún no han sido abiertas —explicó Baochai—. ¿Quién sabe en cuál está? Esperemos a que todo esté adecuadamente desempaquetado, y entonces nos lo enseñará.
Y volviéndose a Baoqin:
—¿No lo sabes de memoria? ¿Por qué no lo recitas?
—Recuerdo un pentasÃlabo regular que aquella muchacha escribió —contestó Baoqin—. No estaba nada mal para haber sido compuesto por una extranjera.
—Espera un momento —interrumpió Baochai—. Aprovechemos para que lo oiga también Xiangyun.
Y llamando a Xiaoluo le dijo: