Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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—¿Es que las demás han muerto? —exclamó Qingwen—. ¿Eres la única que queda?

Al oír aquello entró también Zhuier.

—¡La muy puta! —refunfuñó Qingwen al verla—. Sólo viene cuando la llaman, pero los días de pago, o cuando hay dulces, siempre aparece la primera… ¡Ven aquí! ¿Acaso soy un tigre? ¿Temes que te coma?

Zhuier no tuvo más remedio que acercarse. Entonces, bruscamente, Qingwen se abalanzó sobre ella, la atrapó por una mano y le clavó un alfiler que tenía escondido debajo de la almohada.

—¿Para qué sirve esta garra? —maldecía aferrándole la mano—. Ni siquiera puede sujetar una aguja o un hilo; sólo sirve para robar. Tú, la de los ojos ávidos y las palmas escocidas, eres la ruina de nuestras vidas y el descrédito de todas nosotras. ¡Te voy a partir en pedazos!

Zhuier aullaba de dolor y sollozaba de tal forma que Sheyue se lanzó a sujetar las manos de la enferma hasta conseguir que se tendiera de nuevo.

—Apenas has sudado. Este esfuerzo te va a matar —le dijo en tono de reprimenda—. Cuando sanes podrás pegarle cuanto quieras, pero ¿a qué viene ahora este escándalo?

Qingwen hizo que trajeran al ama Song, y cuando ésta llegó le dijo:


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