Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Baoyu y su pequeña comitiva cruzaron la puerta lateral, donde unos mozos de cuadra y aquellos que dependÃan de los seis mayordomos tenÃan lista una docena de caballos. Una vez al otro lado del portón, Li Gui y los demás montaron sobre aquellos corceles, y todo el grupo, con Baoyu en el centro, se alejó al galope.
Pero volvamos a Qingwen, que, preocupada por la ineptitud del médico, habÃa empezado a injuriarlo.
—¡Un estafador y un charlatán; eso es lo que es! Sus remedios no sirven para nada.
—Debes tener paciencia —le pidió Sheyue—. ¿Acaso no conoces ese proverbio que dice «La enfermedad llega con la rapidez de un muro que se desploma, pero se retira con la lentitud con que se desmadeja un capullo»? No es ningún Lao Jun[10] con un elixir mágico capaz de curarte de la noche a la mañana. Descansa tranquila unos cuantos dÃas y mejorarás. Cuanto más impaciente seas, peor té irá.
Entonces Qingwen descargó su malhumor sobre las muchachas más jóvenes.
—¿Debajo de qué montón de tierra os habéis escondido? ¡Os aprovecháis de que estoy enferma para desaparecer, perras! Cuando mejore os daré vuestro merecido, una por una.
Aquello asustó tanto a Zhuaner, una de las doncellas, que entró corriendo a preguntar:
—¿Necesita algo, señorita?