Sueño en el pabellón rojo

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—¿Cómo puedes exponerte al viento con una ropa tan ligera? —comentó—. Lo único que faltaba es que tú también cayeras enferma por culpa de este traicionero clima primaveral.

Pero Zijuan replicó:

—Por favor, cuando hablemos de ahora en adelante absténgase de esos gestos desconsiderados. Para usted, un año más es como dos menos. Si la gente lo viera hacer estas cosas le perdería el respeto. ¿Por qué insiste en dar pie a que esos miserables chismorreen a sus espaldas? Es tan descuidado que sigue comportándose como si todavía fuéramos niños. Es inadmisible. Nuestra joven dama nos ha advertido varias veces que dejemos de juguetear con usted. ¿No se ha fijado en cómo lo evita en los últimos tiempos?

Dicho lo cual, se puso de pie y entró con sus agujas en un cuarto vecino.

La actitud de Zijuan había volcado un jarro de agua fría sobre Baoyu, que se quedó con la mirada perdida frente al bosquecillo de bambú. La vieja Zhu fue a recoger unos brotes de bambú y cortar los tallos, y Baoyu, estupefacto, se marchó de allí a deambular de un lado para otro sin saber exactamente lo que hacía. En su perplejidad se dejó caer sobre una roca, y abismado en sus pensamientos no advirtió las lágrimas que rodaban por sus mejillas. Su estupor duró lo que unas cinco cenas. No se le ocurría qué conducta debía adoptar.


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