Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo —El Vado del ExtravÃo —le contestó Desencanto—. Tiene cien mil pies de profundidad y mil li de ancho, y no hay barca que lo lleve a uno a la otra orilla; sólo una almadÃa con el Maestro Madera al timón y el Acólito Cenizas con la pértiga. No aceptan pago en oro o plata, y únicamente transportan a los que están destinados a ello. Vosotros habéis llegado aquà por casualidad, pero, si hubierais caÃdo allà dentro, de nada hubieran servido mis consejos.
Y no habÃa terminado de pronunciar estas palabras cuando, sobre el Vado del ExtravÃo, sonó un estrépito como de truenos, y hordas de monstruos y demonios del rÃo se abalanzaron sobre Baoyu para arrastrarlo hacia dentro. Empezó a sudar gotas frÃas y abundantes como la lluvia, y en su terror gritaba:
—¡Keqing! ¡Keqing! ¡Ayúdame!
Xiren y las otras doncellas se apresuraron a tranquilizarlo cogiéndolo entre sus brazos:
—No tenga miedo, señor Bao —le decÃan—. Estamos aquÃ.
Qin Keqing estaba en la terraza dando instrucciones a las doncellas para que los cachorros de gato y los perritos que jugaban no hicieran ruido, cuando oyó que Baoyu, desde su sueño, gritaba desesperado su nombre infantil.
«Nadie aquà lo conoce —pensó sorprendida—. ¿Cómo ha podido gritarlo en sueños?»
Por cierto: