Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo —¡Estás loco de remate si crees que aquí funcionan las cosas como antes! Desde qué se decidió cultivar el jardín, esas viejas a quienes se lo arrendaron están a la que salta. Basta con pasar cerca de un árbol para que se te claven dos ojos torvos como los de un gallo de pelea. ¿Cómo voy a correr el riesgo siquiera de rozar un albaricoque? El otro día venía caminando y pasé bajo un ciruelo; en eso, una abeja me rozó la cara; pues bien, esa tía tuya me vio justo cuando daba un manotazo para espantarla. Como ella estaba demasiado lejos para ver lo que hacía pensó que andaba robándole ciruelas, y soltó un chillido y una sarta de improperios con esa voz de coño que tiene. Se desgañitaba gritando que esa fruta todavía no había sido ofrecida a Buda, que por estar de viaje aún no habían podido probarla sus señorías, y que sólo una vez que las mejores hubieran sido enviadas a la gente encumbrada, los demás recibiríamos nuestra parte. ¡Y así siguió, como si yo estuviera muriéndome por sus ciruelas! A mí me sentó muy mal, claro, y le respondí en el mismo tono. Pero, dime, ¿no tienes tú aquí varias tías entre las encargadas del jardín? ¿Por qué no les dices a ellas que te traigan albaricoques? Eres como la rata del granero que le pide grano al cuervo; si a la rata le falta comida, ¿cómo va a tenerla el cuervo?