Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo —¿Por qué tomarse tantas molestias? —replicó Pinger—. Debemos ser tolerantes cada vez que podamos. ¿Qué importancia tiene todo esto? ¿Por qué no hace algún favor a los demás? Lo que yo siento es que, a pesar de que nos esforcemos aquí hasta rompernos el corazón, tarde o temprano pasaremos a la otra casa; entonces, ¿por qué enemistarse con los sirvientes de esta casa y despertar su rencor? Pues a usted no le faltan problemas propios. Después de algunos años usted logró concebir un hijo pero lo perdió en el séptimo mes de un mal parto producido quién sabe si por exceso de trabajo y de excitación por las cosas que ocurrían. ¿No sería mejor cerrar un poco los ojos ante lo que está pasando?
Aquel consejo hizo sonreír a Xifeng.
—Muy bien, pequeña perra —dijo—. Haz lo que quieras. Yo estoy mejorando poco a poco; no tengo por qué prestar atención a esta molesta travesura.
—¡Así se habla! —exclamó riendo Pinger.
Dicho lo cual salió a negociar con las mujeres de afuera, una por una.
Si quieren saber lo que pasa, escuchen el siguiente capítulo.