Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Llegó el momento. Los espléndidos ritos funerarios convocaron a numerosos invitados y, a ambos lados del camino que unía el templo del Umbral de Hierro con la mansión Ning, decenas de miles de curiosos suspiraron de admiración o de envidia al paso de la comitiva, aunque tampoco faltaron los letrados mediocres[1] para quienes una ceremonia más sencilla hubiera sido más conveniente que un entierro tan extravagante y falto de sinceridad[2]. En fin, hubo ocasión de escuchar comentarios para todos los gustos. El asunto es que hasta las tres de la tarde el ataúd que contenía los restos de Jia Jing no pudo entrar en la mansión Ning para ser depositado en el salón principal. Concluidos los sacrificios y el duelo, parientes y amigos se fueron retirando gradualmente hasta que sólo quedaron allí los miembros de la familia Jia atendiendo a los últimos invitados. El único pariente cercano que permaneció al lado del féretro fue el hermano mayor de la dama Xing.