Sueño en el pabellón rojo

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CAPÍTULO LXXX

La adorable Xiangling es injustamente

apaleada por un esposo lascivo.

El taoísta Wang receta una absurda cura

para una mujer celosa.

Apartó Jingui la cabeza haciendo muecas con los labios, y dando bruscamente una violenta palmada, resopló con desdén:

—Dime, por favor, ¡¿qué aroma puede tener el nenúfar[1]?! Si ahora resulta que los nenúfares son fragantes, ¿qué diremos de las flores que tienen verdadero aroma? ¡El nombre que llevas no tiene el menor sentido!

—No sólo el nenúfar, sino también las hojas del loto y hasta sus semillas en vainas tienen un sutil aroma —le aseguró Xiangling—. En un día o una noche de mucha tranquilidad, o muy de mañana o a medianoche, puede esta fragancia llegar a ser incluso mejor que la de las flores, aunque no se pueda comparar con ella. Y cuando hay brisa o rocío, las castañas de agua, e incluso las semillas de jito[2] y las hojas y raíces de las cañas, tienen una fragancia sutil muy refrescante.


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