Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo —¿Me estás diciendo que no te agrada la fragancia de las orquídeas y de los osmantos?
En el calor de la discusión, Xiangling olvidó completamente la prohibición y respondió vivaz:
—La fragancia de las orquídeas y de los olorosos osmantos es única… —pero antes de que pudiera terminar la frase, Baochan, la doncella de Jingui, levantó un dedo admonitorio.
—¿Quieres morir? ¡A quién se le ocurre mencionar el nombre de la señora!
—Oh, perdón, lo hice sin darme cuenta —se disculpó Xiangling, avergonzada por su desliz—. Por favor señora, no se ofenda.
Jingui se echó a reír.
—No tiene importancia. Eres demasiado escrupulosa. Pero de todos modos no me parece que el carácter Xiang, «Fragancia», le vaya bien a tu nombre. Si no tienes inconveniente, me gustaría cambiarlo por otro.
—¡Pero qué cosas dice, señora! —exclamó Xiangling jubilosa—. Yo pertenezco a usted en cuerpo y alma, ¿por qué tendría que consultarme un simple cambio en mi nombre? Ése es un honor que no merezco. Utilice la palabra que le resulte más apropiada.
—Puede que tú estés de acuerdo, pero mi cuñada podría ofenderse y decir: «Sólo lleva aquí unos cuantos días y ya cree poder enmendarme la plana».