Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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Divertida, pero a la vez irritada, la dama Wang exclamó:

—¡Ya estás otra vez con tus estupideces! ¿Qué tonterías estás diciendo? Sabes que tarde o temprano las muchachas están obligadas a dejar el hogar de sus padres, y que una vez casadas nada pueden hacer por ellas sus familias. Si sus esposos resultan ser hombres de bien, habrán tenido suerte; si no, sólo les quedará resignarse a su destino. Seguro que no ignoras el proverbio que dice: «Cásate con un gallo y serás de un gallo; cásate con un perro y serás de un perro». ¿O acaso piensas que todas las muchachas tienen la fortuna de ser concubinas del Hijo del Cielo, como tu hermana mayor? Además, Yingchun está recién casada y su esposo todavía es joven. Cada persona tiene un temple distinto; puede que al principio estén un poco incómodos juntos, pero ya verás como al cabo de unos cuantos años, cuando se conozcan más y hayan tenido hijos, las cosas mejoran. ¡Y que a la Anciana Dama no llegue ni una sola palabra de lo que me has dicho a mí! Si me entero de que has dicho ante ella esas necedades, te arreglaré las cuentas. Corre ahora a ocuparte dé tus propios asuntos y no te quedes aquí diciendo sandeces.




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