Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo —Oh, no es nada, señora. Sólo que anteayer, cuando oí todo lo que está obligada a soportar la prima Yingchun, pensé que yo no podría resistirlo. No me atrevo a decírselo a mi abuela, pero he pasado estas últimas noches dando vueltas en la cama sin pegar ojo. No entiendo cómo puede haber alguien capaz de humillar de tal manera a muchachas de una familia como la nuestra. Y mucho más tratándose de la prima Yingchun. Ha tenido que ser a ella, tan tímida que no se atreve a rechistarle a nadie, a quien le haya tocado en suerte ese monstruo de Sun, feroz e ignorante de cuánto pueden llegar a sufrir las mujeres.
Y a medida que hablaba brotaban, incontenibles, lágrimas de sus ojos.
—Ya no tiene remedio —suspiró la dama Wang—. Como dice el refrán: «Hija casada, agua derramada». ¿Qué puedo hacer yo?
—Anoche tuve una idea. ¿Por qué no convencemos a la abuela para que traigan otra vez a la prima Yingchun? Así podría seguir en la isla de las Trapas Moradas, comiendo y bebiendo con nosotros como antaño, en lugar de sufrir la desconsideración de ese mastuerzo. Cuando envíe a alguien a buscarla, nosotros nos negaremos. ¡Si viene cien veces por ella, cien veces lo rechazaremos! Lo único que tendremos que alegar es que ésa es la decisión de la Anciana Dama. ¿No le parece bueno mi plan, madre?