Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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Cuando estuvo vestido, Xiren le sugirió que fuera a presentar sus respetos a sus padres y a la Anciana Dama. Después de dar unas breves instrucciones a Qingwen y a Sheyue, Baoyu se despidió de la Anciana Dama, que también le tenía preparados unos cuantos consejos. Luego fue a ver a su madre, y por fin acudió al estudio de su padre.

Ese día Jia Zheng había vuelto temprano y estaba hablando con unos secretarios cuando entró Baoyu a presentarle sus respetos y anunciarle su marcha a la escuela.

—No me avergüences con toda esa palabrería sobre la escuela —le dijo desdeñosamente su padre—. En mi opinión sólo sirves para holgazanear por ahí. Manchas mi suelo cuando lo pisas y mi puerta cuando te apoyas en ella.

—Su Señoría es demasiado duro con el muchacho —terciaron sus secretarios, que, incorporándose, se habían dirigido inmediatamente hacia Baoyu—. Con unos cuantos años de escuela su digno hijo revelará su temple y conseguirá un nombre, no le quepa la menor duda. Ya no es un niño. Además, ya se tiene que marchar; es, casi la hora del desayuno.

Y mientras decían esto, dos de ellos empujaron a Baoyu fuera del estudio.

Jia Zheng hizo llamar entonces a los acompañantes del muchacho, y acto seguido tres o cuatro fornidos mocetones que habían estado esperando fuera entraron a hincar una rodilla ante él.


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