Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo —Lo olvidé, señora, pero al mediodía, cuando usted estaba con la Anciana Dama, la abadesa del convento de la Luna en el Agua envió a una monja pidiendo dos frascos de encurtidos del sur. También quiere que le adelanten unos cuantos meses de su asignación, pues no se siente bien. Le pregunté a la monja cuál era el problema y me dijo que la abadesa ya lleva enferma cuatro o cinco días. La otra noche unas acolitas y novicias se negaron a apagar la luz a la hora de retirarse a dormir. Ella les llamó la atención varias veces, pero no le hicieron caso. Cuando advirtió que la lámpara seguía encendida después de la medianoche les volvió a pedir que la apagaran; pero como estaban todas dormidas, nadie le respondió, y ella misma tuvo que levantarse a apagarla. Cuando regresó a su cuarto vio a un hombre y una mujer sentados sobre el kang. Cuando les preguntó quiénes eran, ¡le echaron una cuerda al cuello! Ella aulló pidiendo ayuda, y despertó a las demás, que acudieron con lámparas encendidas. La encontraron tirada en el suelo, echando espumarajos por la boca. Afortunadamente lograron hacerle recobrar el conocimiento. Pero sigue sin apetito; por eso ha pedido los encurtidos. Como no pude darle nada en su ausencia, le dije a la monja que usted estaba ocupada con la Anciana Dama y que se lo comunicaría a su regreso. Luego la despedí. Y ahora la mención a los encurtidos del sur ha hecho que lo recuerde.
Al oír aquello, Xifeng se quedó pasmada. Poco después le dijo: