Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Pensando que Baoyu había considerado la capa demasiado buena para usarla, el viejo Dairu sonrió complacido ante lo que interpretó como una muestra de frugalidad por parte del muchacho. Pero Beiming insistió:
—Póngasela, señor Bao. Si se resfría me culparán a mí. ¡Póngasela! ¡Hágalo por mí!
Entonces Baoyu tuvo que acceder. Permaneció mirando su libro, perdido en cavilaciones. El maestro, pensando que estaba concentrado en sus estudios, dejó de prestarle atención.
Aquel anochecer, al término de la clase, Baoyu pidió permiso de un día por razones de salud. Y como la dedicación del viejo Dairu a la enseñanza de los muchachos no pasaba de ser un entretenimiento con el que ocupaba su tiempo de ocio, y como además ocurría que caía enfermo con frecuencia, se alegró de tener una preocupación menos al día siguiente. Además, sabía que Jia Zheng estaba ocupado y que el muchacho era el preferido de la Anciana Dama. En fin, por muchas razones movió la cabeza afirmativamente cediendo a la pretensión de Baoyu.
Al volver, Baoyu informó de aquello a su abuela y a su madre, quienes, naturalmente, creyeron lo que decía. Tras permanecer allí sentado unos momentos volvió al jardín con Xiren y las demás muchachas. Sin embargo, no estaba tan alegre ni locuaz como solía y fue a echarse, aún con la capa en los hombros, sobre el kang.
—La cena está lista —anunció Xiren—. ¿La desea ahora o un poco más tarde?