Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo —¡Lamentable! —exclamó la dama Wang, muy asombrada—. Si Qin ha actuado realmente de ese modo, nuestra familia debe repudiarlo. Y, por otra parte, ¡menudo bribón debe estar hecho el que escribió los versitos! ¿Cómo se atreve a enlodarnos de esa manera? ¿Le has preguntado a Qin si hay algo de cierto?
—Acabo de preguntárselo. Pero piénselo, señora, ¿quién, que hubiera cometido tales desvergüenzas, reconocerÃa ser su autor? Y aún más en el caso de que fuera inocente. Yo creo que Qin no se atreverÃa, pues teme las consecuencias y sabe además que en cualquier momento Su Alteza puede enviar a alguien a recoger a esas novicias. Pienso que no nos deberÃa resultar difÃcil descubrir la verdad. Pero suponiendo que todo esto fuera cierto, ¿cómo actuarÃa usted?
—¿Dónde están las muchachas ahora?
—Encerradas en el jardÃn.
—¿Las jóvenes saben algo acerca de esto?
—Imagino que habrán oÃdo decir algo sobre la llamada a palacio. Ningún otro rumor se ha propagado fuera.