Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo —Eso está bien. Esas criaturas no deben permanecer aquí ni un minuto más. Yo misma sugerí en su momento despacharlas mucho antes, pero todos vosotros insististeis en conservarlas. ¡Mira ahora en qué ha acabado todo! Dile a Lai Da que se las lleve, pregúntales si tienen familiares, y en caso de que los tengan que busque los contratos de venta y que invierta unas decenas de taeles en alquilar un barco que las devuelva a todas, adecuadamente escoltadas, a su lugar de origen. Cuando nos hayamos desprendido de todas se acabará este lío. Sería un pecado demasiado grave obligarlas a todas a volver a la vida laica sólo porque una o dos hayan caído en falta. Y si las entregamos a un intermediario oficial, aunque no pidamos dinero para nosotros, él las acabaría vendiendo sin importarle si viven o mueren. En cuanto a Qin, debes amonestarlo muy duramente y decirle que no queremos volver a verlo por aquí, salvo con ocasión de los sacrificios y celebraciones. Y mejor será que se mantenga alejado del señor, no sea que en uno de sus raptos de malhumor le ajuste las cuentas. Y algo más: dile a la contaduría que cancele esta asignación, y a las monjas del convento de la Luna en el Agua que no deben recibir a jóvenes caballeros de nuestra casa, salvo cuando vayan a hacer ofrendas en las tumbas. Y que son órdenes directas del señor. Que si continúan surgiendo rumores despediremos a todo el convento, incluida la vieja abadesa.
Asintiendo, Jia Lian se retiró a notificar aquello a Lai Da.